Las 10 cosas que mi trastorno de ansiedad me enseñó: parte II

  1. Aprender a decir “no”

Ok, esto puede parecer una pavada tremenda pero para mí siempre fue algo muy difícil. Como mencioné antes, toda mi vida me exigí muchísimo. Me acostumbré a que me vaya bien y por ende, nunca me banqué que las cosas me salgan mal. En mi cabeza, siempre podía ser mejor, siempre podía hacer algo más. Siempre TENÍA que hacer algo más.

Desde que mi ansiedad se puso peor, me vi obligada a tener que renunciar a ciertas cosas y a evaluar realmente cuáles eran mis prioridades y cuáles eran realmente las cosas que me hacían feliz. ¿Me hacía feliz involucrarme en algún proyecto con el cual no me sentía conectada pero sentía que tenía que hacerlo para obtener experiencia? ¿O me hacía acaso realmente feliz quedarme en mi casa durmiendo la siesta?

Debo admitir que me costó mucho admitir que ciertas cosas superaban mi capacidad y que debía elegir que hacer, mi cerebro interpreta muchas veces que eso es un indicio de fracaso, de que estoy fallando, de que soy débil. Aún hoy, me cuesta mucho pelear con mi cabeza para convencerme a mí misma que no soy un fracaso, tampoco estoy fallando ni soy débil. Simplemente soy humana.

  1. Aceptar mi condición y hablar de ella

Mi primera reacción luego de mi diagnóstico fue ser completamente abierta sobre él. Puse mi TAG y mi depresión en un primer plano, le di importancia desde todos los aspectos de mi vida, lo incluí en mi arte y nunca tuve miedo de identificarme con mi desorden. Lógicamente, mucha gente no estuvo de acuerdo. Seamos honestos, a la gente le da “cosa” que uno sea abierto con ciertas cuestiones y mucha gente también decide reservarse sus diagnósticos. Respeto completamente esa decisión, pero para mí siempre fue al revés. Mientras más me conecte con ese aspecto de mí, más lograba avanzar en mi recuperación. No hablar del tema, “ignorarlo”, no darle cierta relevancia en mi vida me hacía creer que las cosas estaban completamente bien cuando en realidad no lo estaban. Al identificarme con lo que me pasa y estar consciente de mis limitaciones no solo me ayudan a poder encarar mi recuperación de otra manera, sino que también me ayudan a discernir que lo que me pasa no es algo que es mi culpa. Yo no elegí sufrir ataques de pánico, ni tampoco elegí sentirme inexplicablemente agobiada a causa de la depresión. Identificarse no es malo, en ciertos casos nos puede ayudar a amigarnos con ciertos aspectos de nosotros mismxs y a enfocar nuestro tratamiento desde otro punto de vista.

  1. Saber que no soy lo que mi cabeza me hace creer que soy

Este es un ítem importante. Mucha gente asocia “identificarse” con aquello que nos sucede con dejar que nuestra enfermedad se apodere por completo de nosotros y nos haga creer que somos inservibles. En pocas palabras, saber esto me ayudo a darme cuenta que no soy una persona “ansiosa” sino que soy una persona que sufre de ansiedad. Tampoco soy “depresiva”, sino que tengo depresión.

Aprender esto me quitó un gran peso de encima, me ayudó a discernir los límites de mi condición y los de mi personalidad.

  1. Valorar aspectos básicos de mi salud

Mi vida sufrió varios cambios y ajustes desde que comencé mi tratamiento, no solo en aspectos emocionales y psíquicos sino también físicos. Luego de mucha investigación cibernética, encontré una lista de cosas que pueden ayudar a reducir la ansiedad naturalmente léase control de ingestión de azúcar, estimulantes, alcohol y horas de sueño.

Actualmente, lo único que me niego a dejar es el café porque tengo una ingesta de cafeína muy controlada pero dejé de tomar el poco alcohol que ingería porque me causa horribles malestares (básicamente, mi cerebro confunde una leve borrachera con síntomas de un ataque de ansiedad y no la paso nada bien). También tengo cuidado con mi consumo de Coca-Cola a la noche, porque potencia extremadamente mi bruxismo y me volví una persona muy celosa de sus horas de sueño. Duermo por sobre todas las cosas, y me lo tomo MUY en serio. No dormir correctamente incrementa mis chances de sufrir ataques y me da muchísimo estrés.

En conclusión: Sí, me volví un poco abuelita. No, no me gusta trasnochar. No, tampoco puedo tomar alcohol. Pero el no tener que preocuparme por sufrir episodios de pánico es impagable, sin mencionar que la tranquilidad que tengo no se puede comprar con nada.

  1. Amigarme (un poco más) conmigo misma

Dentro de todo lo malo que implica mi TAG, pude encontrar ciertas maneras de sentirme mejor respecto a lo que me pasa. Me di cuenta que el TAG no es más ni menos que algo como la miopía o el astigmatismo que hace que tenga que usar anteojos desde que tengo seis años. Es muy probable que el TAG me acompañe por el resto de mi vida, pero no por eso tengo que tener miedo.

Aprendí que es normal tener recaídas, incluso tomando medicamentos. Aprendí que las cosas no mejoran de un día para el otro. Aprendí a no compararme a los otros respecto a las cosas que me hacen sentir bien o mal. Aprendí que así como usar anteojos es una parte de mí, el TAG también lo es y que ninguno de estos dos “problemas” me define como persona. Aprendí a ser más flexible, a perdonarme más.

Aprendí que por más que mañana me levante y descrea todo lo que ahora escribí, quizás pasado mañana vuelva a creer en mí misma. Que un tropezón a veces es caída y a veces no, y que no hay nada malo en caer de vez en cuando. No hay nada de malo en que los tiempos de recuperación de cada unx sean distintos. Si algún día llego recuperarle al 100%, bien. Y si no, también.

Pero lo más importante que aprendí es que no tengo que pensar en nada de eso, porque si no me da ansiedad. Mejor me quedo viendo videos de mapaches en Youtube.

 

 

 

Recommended Posts

Leave a Comment